LAS BODAS DE CANÁ, FORMACIÓN,FIDELIDAD Y RENOVACIÓN ESPIRITUAL
En el primer encuentro de junieras vivimos una experiencia profunda de comunión, reflexión y renovación vocacional. Reunidas como hermanas y animadas por el carisma de San Juan Bosco y Santa María Mazzarello, nos dispusimos a profundizar en el pasaje bíblico de las Evangelio según San Juan (Jn 2,1-11), contemplando las Bodas de Caná como símbolo de nuestra profesión religiosa.
Desde el inicio del encuentro se percibía un clima de alegría serena y de escucha atenta. El texto de las Bodas de Caná nos fue iluminando poco a poco. Descubrimos que aquella fiesta de bodas no era solo un acontecimiento social, sino una imagen viva de la alianza, del amor que se compromete y permanece. Jesús, presente en la celebración junto a su Madre, transforma el agua en vino nuevo, signo de plenitud, de novedad y de gracia abundante.
Al profundizar en el texto, comprendimos que nuestra profesión como consagradas salesianas puede entenderse como una “boda” de estilo profundamente relacional. No es simplemente la emisión de votos, sino una alianza de amor con el Señor, que nos llama a permanecer en Él. Así como en Caná la presencia de Jesús da sentido y plenitud a la fiesta, también en nuestra vocación es su presencia la que transforma nuestra vida cotidiana, nuestras fragilidades y límites, en vino nuevo para los jóvenes.
Nos interpeló especialmente la actitud de María: atenta, discreta, mediadora. Ella percibe la necesidad —“no tienen vino”— y confía plenamente en su Hijo: “Hagan lo que Él les diga”. En nuestro compartir, reconocimos que estamos llamadas a vivir esa misma actitud: atentas a las necesidades de los jóvenes, sensibles a las carencias de nuestro entorno, y confiadas en que el Señor sigue actuando hoy. Permanecer como consagradas salesianas significa sostener una relación viva con Cristo, dejarnos conducir por su Palabra y responder con disponibilidad generosa.
La imagen de las tinajas llenas hasta el borde también resonó con fuerza en nosotras. Nos invita a dar lo mejor, a entregarnos con totalidad, aunque a veces no veamos inmediatamente el fruto. El milagro ocurre en lo cotidiano, en la obediencia sencilla, en la fidelidad diaria. Así entendimos que la profesión no es un acontecimiento del pasado, sino una alianza que se renueva cada día en el amor, en la misión compartida y en la fraternidad.
Este primer encuentro de junieras nos ayudó a redescubrir que nuestra vocación es una historia de amor en permanente construcción. Como en Caná, el Señor sigue transformando nuestra agua en vino nuevo, si permanecemos unidas a Él. Salimos fortalecidas, agradecidas y renovadas en el deseo de vivir nuestra consagración como una boda fiel, alegre y profundamente relacional, al servicio de los jóvenes y de la Iglesia.








