Bajo el lema “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5), vivimos con inmensa gratitud la experiencia del Segundo Noviciado, un verdadero tiempo de gracia en el que 13 junioras de Perú, Bolivia y Colombia nos dispusimos a preparar el corazón para pronunciar nuestro sí definitivo al Señor en la profesión perpetua.
Más que una etapa de formación, este camino fue una oportunidad para releer nuestra propia historia a la luz de la fe y descubrir que, desde siempre, Dios ha sido el autor paciente y amoroso de cada página de nuestra vida. En los momentos de alegría y de incertidumbre, en las búsquedas, las heridas y los nuevos comienzos, reconocimos su presencia fiel, escribiendo con misericordia una historia de salvación personal y vocacional.
Este itinerario nos invitó a contemplar nuestra realidad con sinceridad, abrazando la fragilidad y la vulnerabilidad no como un obstáculo, sino como el lugar privilegiado donde Dios continúa realizando su obra. Allí experimentamos que su amor no borra nuestra historia, sino que la sana, la transforma y la convierte en un canto de esperanza. Desde esta certeza renovamos nuestro deseo de ser, para quienes encontramos en el camino, signo de la ternura de Dios y bálsamo que alivie las heridas de nuestro tiempo.
Profundizamos también en la belleza de los consejos evangélicos, descubriendo que la pobreza, la castidad y la obediencia son una respuesta de amor al Dios que primero nos amó. Lejos de limitar nuestra libertad, la ensanchan y la orientan hacia una entrega cada vez más plena. Confirmamos que Cristo es nuestro mayor tesoro, la razón de nuestra consagración y la fuente de una alegría que sostiene el camino de la fidelidad.
La experiencia fortaleció, además, nuestro sentido de vida comunitaria y de misión compartida. Al reconocernos hermanas llamadas por un mismo Señor, comprendimos que Dios también escribe su historia a través del “nosotras”. Caminar juntas, compartir la fe, discernir en comunión y vivir la corresponsabilidad nos impulsan a responder con renovado entusiasmo a los desafíos de la Iglesia y del mundo, haciendo visible el espíritu de familia que caracteriza nuestro carisma salesiano.
Al concluir este tiempo de gracia, regresamos con el corazón agradecido y confiado. Como María en Caná, queremos seguir escuchando la voz de Jesús y hacer de su Palabra el horizonte de cada decisión. Convencidas de que Él continúa escribiendo nuestra historia con amor y fidelidad, avanzamos hacia la profesión perpetua con la alegría de sabernos llamadas, sostenidas y enviadas para anunciar, con toda nuestra vida, que Dios sigue haciendo nuevas todas las cosas.








