II Concurso Iberoamericano de Relatos en España
Así se titulo la obra ganadora en El II Concurso Iberoamericano de Relatos en España, escrito por Angie Brigitte Bolaños, estudiante de grado 9 de nuestro colegio María Auxiliadora Cali.
Su Fluidez, precisión y limpieza en el lenguaje fueron las virtudes que el jurado destacó, así como la capacidad de crear una atmósfera de terror, no sólo a través del narrador principal sino también por el empleo de un falso narrador.
Angie en estos días saldrá a recibir su premio a España durante diez días, acompañada por dos personas para visitar Madrid y Barcelona. El premio fue otorgado por la Casa de América de Madrid, el banco BBVA y la Fundación SM.
Esta escritora contó con el apoyo de nuestra profesora de español Aleyda Antia, quien fue la primera lectora de esta maravillosa obra…
LAS MOMIAS DE MATUSALEM
La llegada de las vacaciones de verano era para nosotros sinónimo de felicidad, toda la familia incluyendo tíos y primos viajábamos a encontrarnos en la finca de los abuelos. A este paraíso lejos de todo cerca de nada, se llegaba después de muchas horas de pasar por carreteras enfangadas y deplorables. Cuando a lo lejos divisábamos la casa de campo de los abuelos, estábamos seguros que empezaban para todos semanas de inolvidables alegrías, días enteros de persecuciones, escondites y juegos interminables, además de salir de pesca o de emprender veloces carreras a ver quién llega primero al río y se zambulle; anocheceres de historias asombrosas y confabulaciones aterradoras a la luz de la chimenea.
En ese entonces, la cercanía de Brenda, mi prima dos años mayor que yo, hermosa y ruda como a mí me gustan, ponía a retumbar mi corazón cada vez que la veía acercarse obligándome a entrar con ella en el desván; no es que Brenda fuera muy cariñosa y siempre quisiera estar repartiendo besos a todos los primos, no, lo hacía sólo conmigo y a las escondidas.
Y yo por Brenda era capaz de cualquier cosa. Hasta de disimular el miedo que nos producía a todos las tenebrosas historias contadas por el abuelo, ella se asía a mi costado buscando protección, sin embargo, el abuelo era muy bueno con esto de provocarnos verdadero espanto, al poco tiempo, la sala de la casa se convertía por obra y gracia de sus palabras en una gruta, una cripta o un cementerio. Nosotros, aterrados por las sombras y las musarañas orquestadas por el viejo, salíamos disparados, uno a uno, escaleras arriba buscando con desesperación entrar a nuestros cuartos para escapar de los fantasmas. Por largo rato, escuchábamos al abuelo reír a carcajadas como suelen hacerlo los seres de ultratumba que se han salido con la suya.
¡Ah, el abuelo…! vejete desdentado con arrugas en las arrugas, los pelos en algarabía y una inagotable energía, él sí que sabía salirle al paso a nuestra presunta valentía. Las niñas eran las primeras en correr a esconderse ya que el abuelo para infundirnos temor, creaba imágenes aterradoras amparado en la luz de la chimenea y su propia sombra; a mitad de la historia de pronto se ponía de pie haciendo de muerto viviente o de momia, impostando la voz y continuando con la historia que ninguna de las niñas esperaba hasta el final. Nosotros los hombres, en cambio, teníamos una especie de pacto de honor: saber cuál era capaz de quedarse en el sofá a terminar la historia, esa que el abuelo nos contaba con ademanes espeluznantes, a veces alzando la voz y dando gritos destemplados o acercándose a cada uno y susurrándonos a los oídos embrujos, conjuros y maldiciones misteriosas.
Algunas veces yo resistía hasta el final y era el ganador, me sentía entonces muy orgulloso porque tenía mis prerrogativas en los juegos infantiles: era el que al otro día comandaba la manada. Pero lo mejor de todo, lo máximo para mí, era que se duplicaban los besos a las escondidas de Brenda y eso me hacía muy feliz.
En ese entonces, el abuelo se asemejaba para nosotros a una especie de héroe, un ser todopoderoso, también un alcahuete; lo único que el abuelo nos prohibía era entrar al cuarto donde estaba la abuela diciéndonos que la pobre viejecita ya estaba en los puros huesos, no lo conocía ni a él y vivía con un fuerte dolor de cabeza, que no se nos ocurriera aparecernos por allá.
Una noche de tormenta –las preferidas del abuelo— el viejo nos sentó alrededor de la chimenea para contarnos la historia de las Momias Malditas de Matusalem “Las Momias que Nunca Mueren”, cuya maldad más abominable era arrancar las lenguas de niños como nosotros, machacarlas con una piedra y luego unirlas unas a otras con sus babas pegajosas y malolientes hasta ir creando una tira tan larga como una venda, la cual envolvía alrededor de su cuerpo echo todo con cientos de lenguas de niños como nosotros –repetía adrede el abuelo–. Mientras contaba la historia, el
viejo se asomaba por la ventana y aprovechando los truenos y relámpagos que caían, nos confesaba que inclusive él mismo, en noches como esa, se asustaba demasiado ya que eran propicias para las apariciones de estos seres de ultratumba.
Las momias salían de mausoleos y eran guiadas por el olor de niños que hallaban en el aire, cuando detectaban un lugar con muchos de ellos, las indeseables rodeaban la casa y primero una y después la otra irrumpían; apenas veían el primero lo perseguían hasta darle caza arrancándole luego la lengua así doliera mucho, no les importaba; estos niños claro, jamás volvían a hablar, quedando atrapados en una especie de trance, de idiotez perpetua.
Añadía el viejo como un ingrediente más en el cuadro tétrico que nos pintaba, que esa zona donde quedaba la finca era conocida como “El Triángulo de las Momias”, porque las nefastas salían de todas partes como plaga en las madrugadas tormentosas, como esa que ocurría en aquel momento.
Y esa noche empezó nuestra desgracia, la que interrumpió para siempre nuestras felices vacaciones de verano. Aconteció que Brenda se coló a mi cuarto y estuvo tentándome para escapar con ella al bosque al otro día si yo era capaz de enfrentar y atrapar al menos una de esas horribles criaturas del mal. Yo le respondí a Brenda que si podía hacerlo y que esa misma noche se lo iba a demostrar. Antes de salir del cuarto a buscarlas, esperé un poco a sabiendas de que las indeseables merodeaban, tal vez en ese momento, los alrededores y quizás alguna ya había penetrado los linderos de la casa.
Caminé en las puntas de los pies pero cuando iba por la mitad del pasillo del piso de arriba, me sorprendió mucho ver a la maldita cruzar la sala y dirigirse a la cocina, estaba semidesnuda y era flacuchenta, tenía algunos pocos vendajes en la cabeza; lo más seguro es que había entrado a la casa buscando arrancar y machacar lenguas de niños para cubrirse el resto del cuerpo. Me paralicé, un fluido caliente me bajó por las piernas empapando mi pijama, de todos modos yo le había
prometido a Brenda ser alguien muy valiente y digno de sus besos, no lo dudé más cuando vi la escopeta del abuelo colgada dentro del escaparate, eso me inyectó valor.
Bajé las escaleras, en el interior de la cocina la momia se quejaba y buscaba algo. Puse el banquito y abrí la puerta de cristal del escaparate, tomé el arma apuntando el cañón en dirección a la cocina y espere. A los pocos segundos la momia apareció en el umbral desgarbada y ojerosa, sin dientes, en calzones y con las tetas caídas, daba lástima mirarla, llenaba de horror ver esas vendas envolviendo su cabeza y ese quejido siniestro y paralizante.
Ese ser horrendo empezó a caminar, lo hacía difícilmente tropezando con los muebles, avanzando en mi dirección. Mientras tanto yo estaba paralizado, completamente aterrado con la boca y los ojos bien abiertos; pensé en Brenda, que sus besos ya no sabrían lo mismo sin mi lengua. Fue en ese momento que me llené de valor y disparé, acertándole al despojo de carne, compañera inseparable de mi abuelo los últimos 53 años.
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